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domingo, 17 de junio de 2007

De principio/s

No podía ser de otro modo. Mi madre ya lo decía hace tiempo: “con lo poquillo que abultas y la guerra que das”, y es que lo mío viene de largo. Siempre me ha gustado hacerme oír.

Sin embargo, poco a poco, a base de meter la pata, he ido valorando la discreción y practicando su disciplina. Evita los juicios rápidos y da un espacio para la escucha y la reflexión, que no es poco, …

El problema es que en el debate sobre la migración y le interculturalidad parece como si la reflexividad estuviese en desventaja ante argumentos y actitudes que, empujados por el miedo a lo diferente, edifican posturas defensivas y excluyentes.

Los prejuicios tienen por costumbre tratar de imponer sus mensajes y ser impermeables a la crítica racional. Además, la intensidad con que se manifiestan hace complicado el dialogo y suele generar una respuesta pasiva en quién, aún teniendo respuestas no quiere entrar en discusión.

Un error en el que yo suelo caer… Siempre me ha dado especial rabia que quién más alto habla, quién más agresivo se muestra, se lleve el gato al agua en una discusión. Y soy consciente de que hay determinados argumentos respecto de la interculturalidad o de la inmigración que no deberían quedarse sin respuesta, por muy alto que se expongan.

Las diferencias culturales suelen despertar, en el mejor de los casos, sentimientos de recelo y en un buen número de ocasiones respuestas sorprendentemente cerradas y agresivas. Por ello, en el corto trayecto de su evolución como fenómeno social en España, ya han estado sometidas a usos malintencionados y oportunismos políticos.

No falta quién conoce el potencial de cargar las tintas sobre la inmigración para, sobre la base de sentimientos de inseguridad y rechazo a la diferencia, reunir al rebaño o desviar la atención.

Y sin embargo me muerdo la lengua. En charlas de café, con la familia política o apolítica, … en lo cotidiano no entro a rebatir argumentos que desde la entrañas reproducen los miedos y prejuicios en términos categóricos, reclamando soluciones de corte radical.

Por eso digo que no podía ser de otro modo. Una bitácora es el medio perfecto para ir agrupando y compartiendo los argumentos y reflexiones que, cada día, surgen de la información que pasa por mis manos, de las situaciones que vivo desde mi profesión, … y, por qué no, para sacarme la espinita de todas aquellas discusiones en que no entro. Ya lo decía: Me gusta hacerme oír …